Sensaciones vespertinas

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Un aire dulzón entró a sus pulmones mientras se proponía respirar. El tabaquismo y sus secuelas atroces le empezaban a generar miedo. Curiosamente, el aire que inhaló a profundidad era el de la ciudad en la que vivía, mismo que no se distinguía por ser precisamente limpio, menos aún puro. Aún así quiso respirar.

Tomó un trago del vino que tenía en frente. Su país no era ni de cerca de tradición vinícola así que se conformaba con conseguir vinos mediocres que podía pagar y que provenían de otra parte del continente en el que sí creaban esté ansiado elixir que la hacía sentirse relajada y bien dispuesta a reír.

Entre ensoñaciones vespertinas, se imaginaba a ella misma en una plaza en Madrid o en Barcelona, disfrutando de un aperitivo mientras veía a la gente pasar. Tristemente no estaba allí, pero la suposición le daba una sensación de placidez que dificilmente lograba en completa sobriedad.

Se sirvió otro trago. Era una romántica empedernida. Evocaba viejas novelas leídas, tramas que hubiera querido experimentar en carne propia. Colocó un poco de música de un cantante español antiquísimo que le encantaba y le hacía sonreír. Al tiempo, subió una fotos a Instagram de un anterior viaje que realizó a Cuba y dejó de pensar en el qué dirán, vieja costumbre provinciana de la que no podía deshacerse.

Encendió un cigarro, si pescaba un enfisema fulminante al menos habría disfrutado hasta el final. La voz del cantante resonaba en sus oídos y le transportaba a mejores días y estadios, aquellos en los que dejaba de ser ella misma y recorría lugares maravillosos con la boca abierta y el oído bien agudizado. Una costumbre de los que quieren descubrir el mundo es que escuchan sin querer responder.

No quería subir al cielo acompañada de un arcángel, así como lo hizo María del Alma, heroína de la última novela de Guelbenzu, quien pretendió denotar la imposibilidad de encontrar un amor eterno y perfecto. Ella era feliz, tenía a su compañero de camino, solo quería volver a sentise viva, más aún, quería volver a apreciar su solitariedad y disfrutar de ese placer. Y lo hizo, una tarde de verano andino sin temor del mañana. Miró al cielo, inhaló el aire una vez más y se sintió feliz.

Foto de portada por: Aline Ponce en Pixabay.

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