Como granos de arena

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Hoy desperté un tanto cabizbaja. Aún con los ojos medio cerrados, me puse a leer un E-book que se llama “Trabajos de mierda”. El título me hizo clic en un santiamén. Cuanta empatía instantánea sentí pues no recuerdo la última vez que me haya visto envuelta en un trabajo en que terminé siendo útil para la sociedad ni para nadie.

Muchas veces las personas terminamos dedicándonos a trabajar en puestos que no escogemos libremente, sino que nos vemos en obligación de tomar, y que su fin, generalmente, es enriquecer o beneficiar de alguna manera a unos pocos. A la final, como trabajadores, nos enrolamos en trabajos que son inútiles e imperecederos, hechos que no queremos reconocer.

Tomé la decisión de desvincularme de mi último trabajo formal hace ya más de seis meses. Definitivamente no era para mi y mantengo mi decisión con firmeza y entereza. Inclusive los días en que siento que no volveré a encontrar estabilidad laboral, y a pesar de los miedos que esto conlleva, me regocijo en el hecho de que tomé una decisión ciertamente correcta.

Tengo un par de amigos que viven en España y me cuentan lo complicado que es encontrar trabajo allá. De hecho, uno de ellos estuvo tan feliz después de encontrar trabajo tras tres años de búsqueda. ¡Vaya que me aterré! Nunca he vivido tanto tiempo sin trabajo formal.

Y, en ese sentido, y luego de algunas reflexiones, creo que no importa el tiempo que uno tarde en hallar algo, al menos en mi caso, estoy buscando algo que me haga feliz, o al menos no tan infeliz, laboralmente hablando. Quizá mi amigo, demoró tanto, por las mismas razones.

Sé que en el mundo laboral, pocas o casi ninguna cosa, quedan a elección del trabajador. Sé también que el trabajo enajena y que la lógica asalariada nos encadena y condiciona. Sin embargo, entiendo también que la vida laboral no tiene porque convertirse en una prisión auto impuesta y que, si en mis manos está abandonar algo que no me gusta, no tendré temor en hacerlo. Decir adiós a lo que no nos hace felices es un acto de rebeldía, y de profunda valentía.

Hace poco vi en la serie “Merlí”, que está en Netflix, una mujer que dijo: “La vida dura cuatro días”. Cuanta certeza hay en esa expresión, la vida es apenas un suspiro y el limitado tiempo que tenemos debe ser aprovechado en cosas que sumen y nos hagan felices. Y seamos honestos, ¿cuánto se necesita realmente para vivir? Y por sobretodo, ¿qué es lo verdaderamente imprescindible?

Claro que sé que no todos pueden posponer la búsqueda de un trabajo, sé qué hay necesidades vitales e inmediatas que deben ser cubiertas. Conforme esta situación, muchas personas se ven forzadas a aceptar empleos en los que deben cumplir ciertas tareas en función de ganar, muchas veces, sueldos injustos y precarios.

Y es que tantas veces vi cómo las personas fueron serviles a los intereses de los jefes; y, como los jefes hacían poco o nada por los trabajadores cuando no les eran funcionales. Nunca me conformaré con ver que los demás son explotados en razón e interés de unos pocos. En la vida laboral vi de todo: egoísmo, traición, corrupción, nepotismo, clientelismo, y otras muchas cosas detestables. Ciertamente, el hastío no nació de la nada. No obstante, también conocí a gente noble y admirable en el camino, de la que aprendí mucho y que hicieron el camino más llevadero y alegre.

Ojalá todos pudiéramos elegir en qué nos vamos a desempañar. Sabemos de los limitantes sistemáticos que nos impiden hacerlo. Sin embargo, aliento a quienes deseen  abandonar sus trabajos ya que son infelices en ellos, y les exhorto a vivir una vida en búsqueda de mayores alicientes.

En más de una ocasión dejé que el viento me lleve, como a los granos de arena, conforme a su antojo y deseo. Creo firmemente en que es posible que seamos decidores de nuestras vidas, yo intento hacerlo, siempre un día a la vez.

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