Del contacto y otros demonios

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Hoy extrañé escribir. Escribir por escribir, sin saber hacia donde voy o qué quiero decir exactamente. Me siento atribulada por la coyuntura actual, y percibo que este ejercicio puede ser una buena válvula de escape. Recuerdo que mi psicóloga siempre decía que escribir ayuda a aclarar y estructurar las ideas.

Hoy pensé en mi madre, y me alegré de saberle en buenas condiciones. Durante esta cuarentena, se encuentra en compañía de mi abuela y otros miembros familiares. Creo que el acompañamiento le ha beneficiado sobremanera, hecho que reafirma la vital importancia de la comunidad y las redes de solidaridad, en una sociedad que tiene el poder de hacernos sentir profundamente solos y en un sistema que ha destruido casi en su totalidad la posibilidad de pensar en grupo.

La familia y amigos/as en estas épocas son más fundamentales que nunca, pues nos sostienen y ayudan a continuar. A ellos/as, a los/as que quiero, los suelo ver ahora través de estas nuevas aplicaciones que se han vuelto necesarias herramientas tecnológicas que sirven de algún modo para disolver la distancia que nos separa.

Si bien las tan famosas sesiones por Zoom, WhatsApp o lo que fuere, son ahora muy funcionales, me tienden a poner un poco nerviosa. El hecho de verme en pantalla, mirándome a mi misma casi todo el tiempo, notando lo despeinada que me encuentro, como viéndome en un espejo continuamente, es extraño y me desconcierta. Creo que aunque estas herramientas palían la distancia física que nos separa de los otros, nos pueden hacer sentir extraños con nosotros mismos.

Reparo en el performance que cada uno lleva a cabo cuando está en medio de estas sesiones, y creo que para todos termina siendo parecido. Una cosa que me abruma es que los silencios no son permitidos, y la socialización no funciona así exactamente. Me gustaría sentirme más natural, así como cuando hablábamos cara a cara con la gente, pero veo que no lo hago con éxito. Imagino que esto le ha acontecido a más de uno, pero el hecho de pretender ser fluidos y naturales, se torna complicado cuando la manera de socializar se ha transformado. Tal vez para siempre.

Aún conservo las esperanzas de que volvamos a mantener el contacto social, así como lo hacíamos hace apenas dos meses atrás, tiempo que parece tan lejano y sobre el que siento inmensa nostalgia, al menos en ese aspecto. ¿Cómo nos volveremos a reunir? ¿Bajo qué modalidad? ¿Cómo saludaremos, coquetearemos o encuestaremos? ¿Cómo se transformarán las relaciones interpersonales? ¿Cómo viviremos?

Me encanta abrazar y me gustaría pensar que eso no va a cambiar. No quiero vivir en un mundo donde tenga terror de salir, de evitar topar el pasamanos o subir a un ascensor. Espero fervientemente que esas normas de distanciamiento social y las aplicación de medidas de higienización extrema, no terminen por lavarnos la humanidad.

Quiero seguir subiéndome en un shuttle sin aire acondicionado en medio de Centroamérica, con un montón de viajeros iracundos y mal humorados por el calor. Quiero poder estar en un bus repleto de gente en Guatemala, mientras las mujeres me ofrecen un puesto en medio de ellas para evitar que vaya parada y que sus caderas me sostengan ya que casi estoy en el aire. Quiero volver a estar en la provincia verde, al norte de mi país, y encontrarme rodeada de estudiantes que van con sus mejores pintas al colegio, mientras mi reciente compañera de viaje me ofrece una sonrisa.

No quiero las aglomeraciones de los conciertos, quiero esa cercanía que solo se encuentra al compartir los tramos que hace la gente en su vida cotidiana, o durante los viajes extraordinarios. Quiero poder seguir viviendo sin temor y que todos podamos vivir sin miedo, sin vernos rodeados por esos demonios que han nacido y que, tristemente, parece que vienen a quedarse. Deseo volver a abrazar a mamá, y que cada uno pueda hacer lo mismo con la suya, mucho más pronto de lo que pensamos posible.

Foto de portada por: Eak K. en Pixabay

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