Encuentros que nos vuelven a la luz

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El día de hoy, mi esposo y yo conversábamos sobre mi tristeza generada por no haber salido de casa durante algunos días. El desempleo, como el empleo, puede ser un tanto aprisionante también. Para confortarme, me dijo: – No te pierdes de nada allá afuera. 

Creo que se equivocó ya que al salir finalmente de casa el día de hoy, tomar un taxi de regreso a ella y ver los ojos del hombre que conducía a través del retrovisor, me hizo dar cuenta de que me perdía de mucho. 

Empezamos una conversación casual, hablamos del tráfico y terminó contándome sobre su vida. Su nombre era Jorge o Jorgito, como lo oí referirse a sí mismo. Era un hombre de alrededor de 70 años, usaba una gorra desgastada y un suéter blanco. Tenía una barba de varios días y hablaba como alguien de la sierra de mi país. Se convirtió en taxista hace apenas siete meses, ya que ahora se encuentra jubilado. Este hombre, que tenía una de las miradas más dulces y llenas de bondad que he visto, trabajó en un colegio privado católico de la capital por 17 años en calidad de personal de mantenimiento. 

Me contó que esa gran parte de su vida laboral la desarrolló rodeado de gente del Opus Dei, de las colegiales, los profesores, los padres y las madres de familia. Hablaba con mucha añoranza del pasado y se notaba que había querido con el corazón a esas personas que, según dijo, se convirtieron en su familia. De hecho, sus ojos se nublaron cuando me contó sobre todos los detalles y regalos que recibió el día de su despedida, después de haber dedicado casi una veintena de años a aquella institución. Me dijo que las jóvenes del colegio le abrazaron y que los profesores y el personal administrativo le habían hecho muchos regalos. 

Hay muchas cosas que uno puede perderse, y no perderse, al no salir de casa. Creo que mi día fue mucho más especial porque encontré en el camino e inesperadamente a alguien que contaba con infinito cariño las anécdotas de su vida laboral. Recordé a los niños y niñas de aquel centro de cuidado diario infantil que me despidieron con carteles cuando supieron que había renunciado a uno de mis trabajos, hace casi nueve años atrás. Creo que envidié a aquel taxista por un momento. Me gustaría llegar a su edad y haber conseguido sentir la satisfacción que él parecía tener en relación a su pasada vida laboral.

Foto de portada: Pexels

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