Entre brochas y libros

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«Cuando no puedes mirar hacia fuera, debes volver la vista hacia dentro». Mi cuñado, hace poco, me dijo esta frase que me parece tremendamente atinada en las circunstancias actuales. La imposibilidad de estar rodeados de más personas, salir a trabajar, viajar, o lo que fuere, nos ha obligado a volver la mirada hacia lo interno, lo privado, lo que a veces nos hemos rehusado a observar y atender.

En mi caso, he sido muy reticente a notar que mi casa necesitaba serios arreglos, asunto que saltaba a la luz pero que evitaba. Además, es como si la casa hubiera esperado paciente todos estos años, sin quejarse demasiado, siendo extremadamente benevolente frente a una dueña un tanto negligente. Así que armándome de valor me he sumergido de cabeza en la empresa de arreglar los desperfectos que, conforme cada día de concienzudo trabajo, se van multiplicando y saliendo a la luz después de años de silente espera.

Volver a mirar hacia el interior también ha significado volver la mirada a la vida personal, a aquellos asuntos que uno rehúye porque son molestos y desagradables, como esas manchas de humedad que se forman en las paredes conforme la excesiva humedad y, que en ocasiones, cubrimos con cuadros. Así que, pese a su horribilidad, he debido ocuparme de actitudes y comportamientos personales que evadía y sobre los que trasladaba su responsabilidad a otros. No ha sido sencillo, es difícil deshacerse de la basura que uno lleva consigo, es molesto ver que te has enamorado de la mancha.

Creo que, para todos, o bueno, para muchos, esta ha sido una época de necesaria introspección, aunque también pudo haber sido una época en la que preferimos echar un poco de tierra sobre lo más feo e incómodo que hemos ido encontrando en la cotidianidad, a puertas cerradas. Yo que también he tenido miedo de remover los confortables defectos en los que me siento, muchas veces, regocijada, me he entretenido en leer. Lo he hecho, por una parte, debido a mi ferviente amor por los libros, pero siendo honesta, también lo he hecho porque la literatura me ha permitido escapar de esta amenaza a la vida, de este virus que nos ha terminado por afectar a todos, en mayor y menor medida. Los libros han sido para mí necesarios derroteros y escapes para poder sobrevivir.

No importa cuál sea el camino que se escoja para ver la vida más bonita, todo es justificado y legítimo si se trata de embellecer el interior, llámese este: casa, cuerpo, mente, o todo a la vez. Este tiempo de ralentización de nuestras vidas ha hecho jaque a un sistema que nos ha querido ver produciendo permanentemente, y que no nos ha cedido un solo segundo para permitirnos analizar lo que hacemos con nuestras vidas, el camino que hemos elegido y el porqué de las decisiones que hemos tomado.

Ahora, voy a regresar a la habitación contigua junto con mi empaste de pared, pues me encuentro cubriendo los hoyos producidos por los clavos que dejaron antiguos habitantes de esta casa. Mañana, pintaré las paredes de color azul. Si la casa sana, yo lo hago con ella. La pintura sirve para embellecer el interior de mis anteriormente olvidados espacios; y, mis libros son mi forma de olvidar y resistir las desavenencias del mundo, los horrores contra los que a veces no podemos luchar. Entre brochas y libros, voy encontrando sosiego en este pesaroso presente que va adquiriendo, poco a poco, un insospechado y esperanzador color.

Foto de portada por: ShonEjai en Pixabay

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